


Considerado uno de los 10 directores más destacados e influyentes del cine mundial, Sergei Parajanov (1924-1990) es —al contrario que Ingmar Bergman, Federico Fellini o Akira Kurosawa— uno de los más desconocidos. Su ‘descubrimiento’ internacional con Los corceles de fuego (1964) supuso también que Parajanov renegase de toda su obra anterior a la que calificó de ‘basura’.
Nacido en Georgia de padres armenios, Parajanov desarrolló un personalísimo universo poético de elementos europeos y orientales al que pudo dar continuidad con la que se considera su obra maestra, El color de la granada (Sayat Nova). Sin embargo este film, cuyo guión fue aprobado en 1966 en la etapa del deshielo, fue perseguido y manipulado al ser estrenado en 1968. También Parajanov fue vigilado, amordazado artísticamente y, finalmente, encarcelado en campos de trabajo acusado de traidor, bisexual y traficante de obras de arte. No pudo volver a rodar otro largometraje hasta 16 años después, con la ayuda de David Abashidze: la subyugante La leyenda de la fortaleza de Suram (1984). El último largometraje que llegó a concluir fue Ashik-Kerib (1988), también con Abashidze, ya que la muerte por cáncer de pulmón le impidió completar “La confesión”.
Lo escueto de su filmografía y su inmensa influencia artística —extendida a la pintura, la escultura y la literatura—, junto a su sistemático silenciamiento por parte de las fuerzas gubernamentales, hacen todavía más grande a la figura y obra de Parajanov .
Código Parajanov. Mosaico Parajanov
(Fran Benavente – cahier du cinèma Esp. Junio 2009)
Igor Savchenko, su maestro en la escuela de cine estatal, animaba al joven Sergei Parajanov a dar forma plástica a sus pensamientos. La idea cinematográfica debía pasar por el dibujo. De este modo, en Parajanov el cine se asoció desde el principio a una actividad artística más amplia, a la que se sumaron el teatro, la música y la literatura. Más tarde, en el confinamiento y el ostracismo, el arte fue su tabla de salvación, un modo de supervivencia.
Decía el propio cineasta que sus películas tenían en común una estructura plástica y un determinado estilo. Podemos extender ese aire de familia a toda su práctica artística y a su propia persona, capturada en fotografías y autorretratos. Del mismo modo que su cine se cifra a veces en tableaux-vivants, sus cuadros se animan en ritmos vivaces. Todo pertenece a un mismo universo: el conservado en las estancias del museo Parajanov de Ereván, Armenia.
Allí ocupan un lugar destacado las formas del collage, el ensamblaje o el mosaico. El trabajo de descomposición y recomposición de elementos diversos reunidos más allá de cualquier inmediata relación narrativa; la yuxtaposición de planos que reincide en el valor simbólico de los fragmentos y en su cualidad compositiva, en la vibración de sus materias, es una constante en la poética antinaturalista del autor de El color de la Granada (Sayat Nova, 1966). La disposición formal, el borrado de la profundidad, el tejido de las capas y niveles en la superficie; la influencia de la vía espiritual de la pintura iconológica y la voluptuosidad de arabescos y colores de la miniatura islámica, determinan también su arte, aunque éste juegue más abiertamente con referentes de la cultura europea.
Parajanov fue también un artista de los muñecos. Las marionetas remiten a la inocencia infantil, a lo maravilloso de la leyenda o del cuento para niños. Su modelado nos recuerda el trabajo de Parajanov con los actores de su cine, su cuidada caracterización, su gestualidad fijada y medida, la ausencia de psicología, el movimiento musical, el rostro como máscara que también reaparece en sus cuadros. Finalmente, en la obra del autor armenio ocupan un lugar destacado objetos singulares: los sombreros, los libros, las vasijas, las frutas o las flores; una colección de fragmentos de la belleza del mundo, signos del alfabeto espiritual secreto de un cineasta que concibió la vida como arte y el arte como vida.
lículas
Bio. Casa Rusia.
Nacido en Georgia de padres armenios, Parajanov desarrolló un personalísimo universo poético de elementos europeos y orientales al que pudo dar continuidad con la que se considera su obra maestra, El color de la granada (Sayat Nova). Sin embargo este film, cuyo guión fue aprobado en 1966 en la etapa del deshielo, fue perseguido y manipulado al ser estrenado en 1968. También Parajanov fue vigilado, amordazado artísticamente y, finalmente, encarcelado en campos de trabajo acusado de traidor, bisexual y traficante de obras de arte. No pudo volver a rodar otro largometraje hasta 16 años después, con la ayuda de David Abashidze: la subyugante La leyenda de la fortaleza de Suram (1984). El último largometraje que llegó a concluir fue Ashik-Kerib (1988), también con Abashidze, ya que la muerte por cáncer de pulmón le impidió completar “La confesión”.
Lo escueto de su filmografía y su inmensa influencia artística —extendida a la pintura, la escultura y la literatura—, junto a su sistemático silenciamiento por parte de las fuerzas gubernamentales, hacen todavía más grande a la figura y obra de Parajanov .
Código Parajanov. Mosaico Parajanov
(Fran Benavente – cahier du cinèma Esp. Junio 2009)
Igor Savchenko, su maestro en la escuela de cine estatal, animaba al joven Sergei Parajanov a dar forma plástica a sus pensamientos. La idea cinematográfica debía pasar por el dibujo. De este modo, en Parajanov el cine se asoció desde el principio a una actividad artística más amplia, a la que se sumaron el teatro, la música y la literatura. Más tarde, en el confinamiento y el ostracismo, el arte fue su tabla de salvación, un modo de supervivencia.
Decía el propio cineasta que sus películas tenían en común una estructura plástica y un determinado estilo. Podemos extender ese aire de familia a toda su práctica artística y a su propia persona, capturada en fotografías y autorretratos. Del mismo modo que su cine se cifra a veces en tableaux-vivants, sus cuadros se animan en ritmos vivaces. Todo pertenece a un mismo universo: el conservado en las estancias del museo Parajanov de Ereván, Armenia.
Allí ocupan un lugar destacado las formas del collage, el ensamblaje o el mosaico. El trabajo de descomposición y recomposición de elementos diversos reunidos más allá de cualquier inmediata relación narrativa; la yuxtaposición de planos que reincide en el valor simbólico de los fragmentos y en su cualidad compositiva, en la vibración de sus materias, es una constante en la poética antinaturalista del autor de El color de la Granada (Sayat Nova, 1966). La disposición formal, el borrado de la profundidad, el tejido de las capas y niveles en la superficie; la influencia de la vía espiritual de la pintura iconológica y la voluptuosidad de arabescos y colores de la miniatura islámica, determinan también su arte, aunque éste juegue más abiertamente con referentes de la cultura europea.
Parajanov fue también un artista de los muñecos. Las marionetas remiten a la inocencia infantil, a lo maravilloso de la leyenda o del cuento para niños. Su modelado nos recuerda el trabajo de Parajanov con los actores de su cine, su cuidada caracterización, su gestualidad fijada y medida, la ausencia de psicología, el movimiento musical, el rostro como máscara que también reaparece en sus cuadros. Finalmente, en la obra del autor armenio ocupan un lugar destacado objetos singulares: los sombreros, los libros, las vasijas, las frutas o las flores; una colección de fragmentos de la belleza del mundo, signos del alfabeto espiritual secreto de un cineasta que concibió la vida como arte y el arte como vida.
lículas
Bio. Casa Rusia.
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